viernes, 30 de octubre de 2015

La habitación número siete. Una historia para Halloween.

La habitación número siete. Una historia de Halloween - CC by-nc-nd - Fernando Santana de la Oliva  

A mediados de octubre, suelo recibir, ya por correo electrónico, ya por mensaje en el móvil, esos vídeos que comienzan con escenas muy tranquilas y relajantes, y de repente aparece un monstruo gritando que te da un susto de muerte… Muchos son montajes, pero algunos, algunos sí son reales. Yo lo sé. Una vez yo vi algo así. Fue hace mucho tiempo, en una habitación del hotelito que regentan mis padres cuando yo era un crío.

En el hotel había una habitación, la número siete, que cuando llegaba la semana del treinta y uno de octubre, siempre decían que estaba ocupada. Es más, durante esa semana estaba colgado del pomo de la puerta el cartel de no molestar. Pero yo nunca vi entrar ni salir a nadie. Mi madre no quería que entrase en la habitación. Aunque yo la ayudaba a veces a limpiar otras habitaciones, la número siete la limpiaba ella sola. Una vez un cliente, en el bar, comentó que en la habitación número siete había muerto un hombre sin ninguna explicación. Decía que había aparecido el muerto sin sangre y con su cara reflejaba el horror, que tenía una expresión como si hubiera visto el mismo infierno.

Durante los días previos al treinta y uno de octubre, en el colegio, todos los niños nos contábamos historia para asustarnos: historias de fantasmas, de vampiros, de monstruos, de desapariciones y muertos. En la tele ponía películas de miedo durante toda la semana. Se creaba un ambiente prehalloween. Se sentía que algo macabro ocurriría.

El día treinta y uno de octubre, al anochecer, estaba dando un paseo fuera del hotel para ver la luna llena que acababa de salir. Tenía que demostrarme a mí mismo que no tenía miedo de estar fuera de casa en la noche de Halloween. Caminando vi que la ventana de la habitación siete estaba abierta. Me acerqué intentando no hacer ruido. Me había puesto nervioso. Miré dentro pero no vi nada. Estaba empezando a asustarme. Pero mi orgullo me decía que no debía tener miedo a nada, y menos de una habitación o de lo que decía de ella. Así que me colé en la habitación, decidido a ver si había algo de lo que tener miedo. Me metí en el armario, que tenía una puerta corredera que dejé un poco abierta para tener buena visión de la habitación. Y esperé. Un rato después, cuando me estaba quedando dormido, escuché un susurro. Miré y vi unas pequeñas luces dentro moviéndose por la habitación. Parecía unas luciérnagas danzando. Se movían acercándose poco a poco al armario donde estaba yo agazapado. Se detuvieron cerca de la puerta, como sintieran mi presencia. De repente se transformaron en una cara demacrada y de su boca salió un grito desgarrador que penetraba en la cabeza como si clavaran agujas dentro del cerebro. Después desapareció. No sé cuanto duró, pero del susto me quedé inmóvil. No podía moverme. No me atrevía a salir del armario. Por mi mente aparecieron pensamientos siniestros. Me veía ahí en el armario quieto hasta que moría. Que me encontraban muerto, totalmente rodeado de telarañas, con la cara demacrada y el cuerpo desfigurado. Vi mi entierro, a mis padres llorando. Vi que me convertía en un fantasma que pululaba por el hotel. Hasta que no pasaron varias horas y amaneció no fui capaz de moverme y volver por donde había venido. No le conté a nadie lo que había visto, y mucho menos a mis padres. Conocía el secreto del hotel. Ese que trataban de ocultar mis padres. Desde entonces, cuando llegaba Halloween, mis padres no la alquilaban. Decían que ya estaba reservada. Siempre se escuchaban gritos y lamentos dentro de la habitación. Pero lo más sorprendente no fue eso, sino lo que pasó un treinta y uno de octubre de varios años después.



Estaba mi abuelo pasando unos días en el hotel porque tenía que hacerse unas pruebas en el hospital. Ya tenía sus años y sus achaques, aunque se le veía fuerte. Un hombre que ha pasado toda su vida trabajando en una granja, encargándose personalmente de plantar y de recoger la cosecha, de darles de comer a los cerdos, a las cabras y a las gallinas. También alguna que otra vez tuvo que hacer de mamporrero. No le tenía miedo a nada.

Lo alojaron en la habitación siete. Estaba previsto que el día veintiocho estuviera de vuelta en su casa. Pero mis padres no contaron con los retrasos en el hospital. Por lo que tuvo que quedarse más tiempo. Temían lo que pudiera pasar el día treinta y uno y les escuché sin que lo supieran una conversación entre ellos: 
- Mira que si pasa lo de todos los años. Y si tu padre está dentro, le puede dar un infarto. No podemos dejar que pase la noche ahí. - le susurraba mi madre a mi padre. 
- Ya lo sé. Pero, ¿como quieres que se lo diga, si es más terco que una mula?

El caso es que mi abuelo se negaba a abandonar la habitación. Que no hacia falta, que estaba bien donde estaba, que no entendía el porqué...

Ese día mi hermanito pequeño, de dos añitos, disfrazado de Drácula, con un cesto para recoger caramelos, no se atrevía a decirle nada al abuelo. Tenía pánico de él. Pero mi madre le presionó y acabó diciéndole, temblándole la voz: “¿tuco o tato?”. Más de setenta años recibiendo la luz del Sol arrugan cualquier piel, y mi abuelo asustaba con solo mirar. Aunque en ese momento lo único que hizo fue subir una ceja. En el caso de mi abuelo, alzar una ceja quería decir “¿Qué carajo es eso?”. 
- Abuelo, es la fiesta de Halloween.- le expliqué yo.
- “Jalo- ¿qué?” 
- Halloween. la palabra viene de “All Hallows’ Even” que significa “Vispera de todos los santos”. Los niños van disfrazados y dicen “¿Truco o trato?” para que les den caramelos, si no se los dan harán una travesura.

Después de hacerle esta aclaración al abuelo, éste miró a mi hermanito de tal manera que el niño se fue llorando buscando a mi madre, dejando caer los caramelos que tenía en la cesta. No volvió a acercarse al abuelo durante todo el día.

Pero por la noche de ese día treinta y uno de octubre, mis padres estaban cerca de la habitación siete. Vigilando la puerta. Preocupados por lo que podía ocurrir. Yo me acerqué sin que me vieran. Escondido detrás de un gran macetón que había en el pasillo.

Pero antes de continuar la historia tengo que aclarar una cosa. Cuando tenía ocho años, en el barrio sólo se conocía el judo y el kárate como artes marciales, sí bueno, también veíamos la serie kung-fú , pero eso era muy místico. Pero ahora, hay tal cantidad de artes marciales, que no sabe uno de que le están hablando, que si takewondo, ninyistsu, capoira, tai-chí, chikum, pilates, etc. Aún así, mi padre siempre decía que todas esas cosas no servían para nada, que el mejor arte marcial era el que conocía mi abuelo, que con un solo golpe era capaz de dejar K.O. a cualquiera. Según mi padre el abuelo dominaba el arte de “naostiabiendá”.

Y eso fue lo que escuchamos: una ostia bien da. Mi padre se acercó corriendo, llamó a la puerta de la habitación gritando:
- ¡Padre!, ¡Padre! ¿Está usted bien? ¡Padre!
Mi madre y yo estábamos detrás esperando asustados. Se abrió la puerta y apareció mi abuelo con cara de pocos amigos. También de sueño.
- ¿Qué pasa? ¿No se puede dormir en esta casa?- Preguntó enfadado. 
- Pero, pero… ¿No le ha pasado nada? ¿Se encuentra bien, Padre? 
- Sí, estoy bien. ¨Solamente había un bicho en la habitación molestando y ya no está.”

Nos asomamos a la habitación y vimos la señal de una mano enorme en la pared. Era el relieve de la mano del abuelo. Entonces, el abuelo dijo:

- ¿Qué hacéis aquí? Mañana hay que levantarse temprano que tenemos que ir al cementerio a visitar a la abuela. Venga, a dormir. - Y cerró la puerta, dejándonos a los tres con un palmo de narices, como si ninguno creyésemos lo que había ocurrido.


Nos fuimos a dormir sin cruzar una palabra entre nosotros. Y desde entonces nadie comenta nada de aquello. El agujero con forma de mano que dejó el abuelo se tapó con un cuadro. Mis padres siguieron con la costumbre de no usar la habitación el día treinta y uno de octubre, aunque ya no se oían ruidos extraños. Y todos los días uno de noviembre íbamos al cementerio a ver a la abuela, sin falta. 
FIN



Fernando Santana de la Oliva



Octubre de 2015
 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Las cuatro Damas

Licencia de Creative Commons
Las Cuatro Damas by Fernando Santana de la Oliva is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Dedicado a cuatro queridas Damas.
Cuando mi madre tenía cosas que hacer fuera de casa, nos llevaba a casa de la abuela para que cuidara de nosotros. No es fácil hacer tareas bregando con tres mocosos. Mis hermanos y yo no queríamos ir a su casa porque no tenía televisión. No podíamos ver los dibujos animados que sí podíamos ver en nuestra casa, aunque fuese en blanco y negro. Aun así, ella no se enfadaba y un día descubrió como hacer que sí disfrutáramos del tiempo que pasábamos en su hogar. Nos sentaba a los tres hermanos en el sofá, nos ponía la merienda, un trozo de chocolate y un bollo de pan. Ella se sentaba delante de nosotros, y empezaba a contar historias. Historias que había escuchado de su madre y de su abuela. Historias que contaba en su casa cuando se reunía las mujeres a preparar alguna boda, un bautizo o alguna que otra celebración. Una de las historias que mejor recuerdo hablaba de las Cuatro Reinas que hay en la baraja, pero la abuela decía que eran Damas. La Dama de Picas, la Dama de diamantes, la Dama de Corazones y la Dama de Tréboles. Como decía mi abuela:
Cuenta la leyenda que … Hace muchos años, lo que hoy conocemos como la Luna, entonces era conocida como la Diosa. En aquellos tiempos había una isla recóndita en medio del Gran Océano. En ella habitaban las Damas. Unas criaturas creadas por la Diosa al principio de las edades del hombre.
Las Damas vivían felices en su isla ausentes de toda preocupación por el resto del mundo. Adoraban a aquella que les iluminaba cuando aparecía la oscuridad. Aquella que siempre miraba con la misma faz. Aquella que vigilaba desde las alturas todo la que acontecía en el mundo. La Diosa protegía a sus más bellas criaturas de todo aquello que pudiera amenazarlas y les perturbara de su eterna dicha. Las Damas ignoraban que hubiese algo más allá de su hogar.
Entre las Damas había cuatro que siempre estaban juntas: Olil, que era la mayor de todas, siempre se preocupaba que no faltara nada y le gustaba coleccionar cosas que encontraba en la playa. Anaid, Siempre en continuo movimiento, ejercitando su cuerpo, agresiva cuando era necesario, no dudaba en enfrentarse a los animales de la isla. Más de una vez protegió a sus amigas del ataque de alguna bestia. Alinái, cariñosa como ninguna, procurando que todas fueran felices y no les faltara nada, si alguien necesitaba algo, ella se lo regalaba o lo buscaba sin cesar. Y Vinalis, la favorita de la Diosa, la más joven de las cuatro.
Allí vivían felices hasta que un día llegó a sus costas algo diferente. Eran los restos de un barco que había destrozado una tormenta. Cuando encalló en la playa de la isla de las Damas, éstas fueron a ver que era aquello que perturbaba la rutina de sus vidas. Entre los restos del barco había un hombre. La preocupación apareció en las rostros de las mujeres. Nunca habían visto algo así. Sacaron al hombre del barco y lo llevaron a uno de sus templos para ayudarlo a recuperarse.
Durante el tiempo que el hombre estuvo allí les contó que venía de otras tierras. Del otro lado del Gran Océano. Que había muchas más personas como él y que nadie sabía que existía esa isla ni de las Damas.
A las Damas les preocupó mucho ese descubrimiento. Ellas creían que eran las únicas habitantes del mundo. Que la Diosa sólo las había creado a ellas para habitar el mundo. ¿Cómo era posible que existieran otros seres fuera de la isla? ¿y qué no fueran tan diferentes a ellas? El naufrago empeoró y estuvo delirando. Habló en sueños de muchas cosas. Habló de muerte. Habló de tristeza. Habló de sufrimiento. Pero un día ya no habló. Había muerto. Aquello era algo totalmente diferente para las Damas. La muerte había llegado a su isla. Por mucho que lo intentase, la Diosa no pudo conseguir que todo fuese como ella quería.
Las Damas se hicieron muchas preguntas: ¿Qué era la muerte?,¿y el sufrimiento? ¿Qué era la tristeza? ¿Había más seres más allá de las aguas? ¿Cómo serían? Decidieron preguntar a la Diosa por todas esas cosas. Pero ésta no respondía a sus dudas. Ellas creían que habían sido creadas para que la Felicidad estuviera allí, en la Isla. Que así siempre estarían felices.
Cuando todo se calmó la Diosa convocó a las cuatro Damas. Así que decidieron ir allí a aprender que eran esas cosas de las que hablaba el naufrago.
Consiguieron arreglar la nave con la que había llegado allí el naufrago. Y Olil, Anaid, Vinalis y Alinái se dispusieron a embarcar, cuando la Diosa apareció y les dijo :
- Deseo que vayáis a conocer el mundo, necesito verlo a través de vuestros ojos. Además de lo que veo aquí arriba. Vosotras me serviréis en la tierra. Llegará un día en el que debáis hacer lo imposible y necesario.
Con estas enigmáticas palabras partieron. Con las provisiones que había podido reunir Olil, y con la luz de la Diosa navegaron durante muchos días.
Uno de esos días, cuando ya empezaron a escasear las provisiones Vinalis les dijo a sus amigas:
- Mañana llegaremos. Pero debéis saber que no volveremos nunca a nuestra isla.- Las amigas no contestaron. Sabían de la estrecha relación que tenía Vinalis con la Diosa y siempre que hacía una profecía, ésta llegaba a cumplirse. Callaron. Debían preparase en lo que les acontecían. Después, no se volvió a escuchar nada más hasta el día siguiente.
Llegaron a una playa totalmente diferente de todo lo habían visto nunca. Estuvieron vagando por muchos lugares. Conociendo gentes, ciudades, países.. Anaid aprendió nuevas formas de lucha, consiguió una espada que siempre llevaba consigo y la dominaba como si fuese una extensión de su brazo. Olil aprendió mucho del valor de las cosas, de los alimentos, de que frutos eran comestibles y cuales no, y muchas cosas más. Consiguió unas alforjas que le permitían llevar todo lo que quería. Alinái comprendió como nadie el sufrimiento que había en el mundo y ofrecía todo su amor y comprensión a aquellos que lo necesitaban, siempre buscaba soluciones a todos lo problemas que veía. Y Vinalis, fue desarrollando una habilidad especial para poder curar y aliviar el sufrimiento.
Pero un día pisaron un reino extraño. Se sorprendieron del silencio que las rodeaba. Un silencio que intimidaba. Llegaron caminando hasta un claro en un bosque. Se detuvieron y en ese instante oyeron un llanto. El llanto desesperado de un bebé. Corrieron hacia el lugar de donde venía el quejido. Encontraron a un niño en el suelo y a un hombre con una lanza preparado para atravesarlo. Iba a matarlo. Anaid se lanzo y lo derribó evitando la muerte cruel a la que estaba siendo condenado. Alinái recogió del suelo al bebé y lo consoló en sus brazos. El bebé, al contacto con el calor de la Dama, disminuyó su lamento.
- ¡Soltad al niño! - gritó el hombre como pudo, ya que Anaid lo mantenía inmóvil en el suelo apoyando su rodilla en la espalda.- ¡Soltad al niño, el Rey nos ha ordenado darle muerte!, está maldito. Es un engendro del mal.
El bebé tenía la piel totalmente blanca y tenía unos hermosos ojos azules.
- Debemos cuidar de él.- dijo en voz baja Vinalis. - Hay que protegerlo a toda costa.
Las otras Damas no entendían lo que acababa de decir Vinalis, pero confiaban ciegamente en ella. Anaid cogió la lanza del suelo. Otro hombre, que estaba alejado de todo lo que ocurría pero que no había perdido detalle, giró al caballo sobre el que estaba montado y se fue cabalgando.
- ¿Quién eres tú y por qué está maldito el niño? - preguntó Anaid rozando con la lanza el cuello del hombre.
- No ves que está blanco como la muerte. Es un niño maldito que se ha llevado la vida de mi reina.
- ¿Quién te envía?- pregunto Olil.
- Mi señor ha ordenado que perezca. Desde que murió la reina todo ha muerto en el reino. Ni siquiera los pájaros cantan. Los perros se niegan a ladrar. Todo está inerte. Él es el culpable. Cuando muera todo volverá.
- La diosa nos envía a nosotras. - empezó a decir Vinalis.- Esto es lo que nos prometió. Hemos de salvar a su siervo.
Cuando dijo esto, las otras Damas la miraron incrédula.
- Es el enviado de la Diosa. Él conseguirá que este mundo sea como nuestra isla, empezando por este reino.
Las Damas empezaron a comprender los designios de su protectora. Ahora sabían porque la Diosa las había enviado.
Las Damas se refugiaron dentro del bosque. Mientras caminaban Olil recogió frutos de los árboles y bayas de los arbustos. Anaid vigilaba la retaguardia. Vinalis abría el camino y Alinái llevaba en su regazo al bebé. Llegaron a un claro en una colina.
El hombre que huyó a caballo llegó acompañado de muchos más guerreros. Rodearon a las cuatro Damas. Anaid con la lanza en una mano y la espada en la otra impedía que se acercaran .Olil estaba preparando piedras para atacar. Vinalis rezó a la Diosa pidiendo ayuda en el trance mientras Alinái cuidaba de que ninguno se acercara al niño.
Cerraron el círculo sobre ellas y fueron estrechándolo.
Uno de los hombre alzó la mano y los guerreros se detuvieron.
- ¡Soy el Rey! Entregadme al niño que debe morir por haber traído la desgracia a mi reino.
-¡No! - gritó Alinái.- y los guerreros atacaron a la vez a las Damas. Espalda con espalda estaban cuando las lanzas de los guerreros les rozaban la piel. La Diosa actuó en ese momento. El Sol fue ocultado por la Diosa. Creo una noche en el día. Pero eso no los detuvo, sino que los alentó más, y atacaron. En ese momento, las cuatro Damas se fundieron en un abrazo y los guerreros atravesaron con sus lanzas los cuerpos de las cuatro Damas. Por las heridas salió un brillante resplandor que cegó a los hombres.
Cuando pudieron volver a ver, donde había cuatro Damas, vieron a una sola mujer. La magia creada por la noche en el día había hecho que las cuatro damas se convirtieran en una sola mujer. Una mujer única. Una mujer que apareció del abrazo de las Damas.
La mujer recogió los alimentos que había recogido Olil, recogió la lanza que había soltado Anaid, recogió al bebé con todo su cariño y llevó dentro de ella la bendición de la Diosa. Ella se había convertido en una Madre. Un ser mucho más fuerte que las suma de las Damas. Apareció la Madre, la verdadera creación de la Diosa.
El Rey reconoció en el rostro de la Madre a su esposa. La Diosa le había dado la oportunidad al reino gracias al sacrificio de las Damas. Además del niño, la Diosa había enviado a sus protectoras. La madre tenía de Olil el conocimiento del valor de las cosas, tenía la previsión del futuro. De Anaid el instinto protector. De Alinái tenía todo el amor infinito y de Vinalis tenía la habilidad de la curación y la Bendición de la Diosa . Ya que no existe mayor bendición que ser madre. El niño era su hijo.
El niño creció feliz en el reino. Gracias a su madre, la reina pudo llegar a ser un gran Rey que consiguió que esa parte del mundo se pareciera un poco a lo que era la isla de las Damas. La felicidad del reino duró muchos años.
        Aún nos queda el recuerdo del sacrificio de las Damas en las barajas de naipes. Ahí están representadas a veces como reinas, a veces como Damas. Así su recuerdo siempre seguirá con nosotros. De esta manera, Olil, la Dama previsora, que piensa en el futuro y recoge para lo que está por venir es la Dama de diamantes. Anaid, la luchadora, la defensora es la Dama de Picas. Alinái la cariñosa, la que entrega su amor sin pedir nada a cambio, la Dama de Corazones, y Vinalis, la Favorita de la Diosa, la Bendita, la que tiene la suerte de su lado es la Dama de Tréboles.
       Aunque muchos conocemos la baraja de póquer, donde son reinas, en un principio fueron Damas.


FIN

Fernando Santana de la Oliva

Septiembre de 2013



domingo, 15 de septiembre de 2013

Perseguido

Sigue, sigue. No te pares
¡No! No mires atrás, ni adelante.
No importa hacia donde vas, sino de que huyes.
No puedes perder tiempo, corre.

Sigue, sigue. No te pares.
Te caes y te levantas raudo.
Te duele el tobillo, se ha torcido.
Sufre y aguanta. No puedes parar.

Sigue, sigue. No te pares.
No sabes que pasará si te alcanza.
Te aterra la idea
y eso hace que seas más rápido.

Sigue, sigue. No te pares.
La adrenalina fluye.
El sudor cae en los ojos.
No ves donde pisas.

Sigue, sigue. No te pares.
Lo sientes detrás tuya.
Te cuesta respirar.
¡Te va a alcanzar!

No te pares. Sigue, sigue.
Ya está aquí.
¡Está detrás!
Ya eres suyo.

-¡Tú la llevas!- Te dice al tocarte.
Ahora él huye de ti.

Septiembre de 2011

Fernando Santana de la Oliva

Contento y feliz como una lombriz

En un libro leí,
que un poco me hizo reír.
El cual estaba guardado
con un enorme candado.
hablaba de una lombriz
que vivía siendo feliz.
Moviéndose de lado a lado.
que quieta se había quedado,
cuando vio volar a un colibrí
le dijo "hasta allí voy a subir".
Y trepó y trepó sudando
a cada rato descansando,
por un tallo color rubí
cuando había un cielo añil.

El colibrí la miró.
La lombriz lo vio.
Y cuando un rato pasó,
una gallina que observó
la lombriz se comió.

Moraleja

Si eres lombriz y te asomas,
puede que una gallina te coma.

Septiembre de 2011

Fernando Santana de lo Oliva 

domingo, 18 de agosto de 2013

Enemigo mío.

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Enemigo mio by Fernando Santana de la Oliva is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

Buenas tardes. Me llamo Antonio Hernández y les doy la bienvenida a Santa Jocosa de la Chumbera. Una pequeña pedanía de algún municipio de Soria. Solamente hay un habitante en Santa Jocosa, yo. Bueno, yo… y el otro. Pero como habléis con el otro , no habléis conmigo. 
No se sorprendan ustedes por eso. En todas partes hay rencores entre personas, aunque éste es entre familias. Y en particular, éste es uno de eso que se han estado cocinando durante generaciones. Un rencor que va mimando poco a poco un padre para que lo herede su hijo. En casa tengo documentos que atestiguan que ya existían enfrentamientos en nuestras familias desde la “Guerra de Sucesión”. Durante mucho tiempo esto nos ha traído un sinfín de problemas. Ahora, eso sí, aquellos que se han producido por las actuaciones de nosotros, los Hernández, han sido todos justificados, y aquel que diga lo contrario, miente como un bellaco. Son los Fernández, esa pandilla de malnacidos, con su manía de hacernos la vida imposible, los que han estado haciéndonos sufrir injustificadamente durante muchos años. 
Recuerdo que el abuelo Jacobo tenía la necesidad de pasar por las tierras de los Fernández con sus cabras para poder llegar a los pastos que había al otro lado de la finca. El abuelo reclamaba su derecho de paso. La Ley le defendía porque ese camino que utilizaba, aunque sólo lo utilizara él, siempre fue un sitio de paso. De paso para sus ovejas. Al menos es lo que contaba él, si bien no recuerdo que pasara por allí nadie más. Es más, cuando mi madre me mandaba llevarle el almuerzo porque se lo había olvidado en casa, yo marchaba por el camino que bordeaba el río. Pero el abuelo se justificaba diciendo que las cabras no debían pasar cerca del rio, que era muy peligroso. No lo entendí nunca pero el abuelo sabía mucho de esas cosas. Bueno, al final las cabras tuvieron que ir por el camino del río porque un juez, que era amigo de los Fernández, lo dijo y envió a la Guardia Civil para que el abuelo se enterara. 
También mi padre tuvo de las suyas con los Fernández. Siempre estuvo reclamando que ellos habían invadido nuestras tierras, y que el vallado de su finca no estaba donde debería. Así que el tenía un plana para devolver las tierras a nuestra propiedad. Todas las noches movía los postes de las vallas así conseguía varios metros cuadrados por noche. Claro que un día apareció la Guardia Civil y todo volvió a estar como estaba. 
Fíjense que hemos estado enfrentados, y de que manera, que durante las guerras carlistas, mi tatarabuelo estaba en el bando de los absolutistas, apoyando al rey Carlos María Isidro, y ellos en el bando de los liberales. Mi abuelo luchó con los nacionales y su abuelo materno con los rojos. Si bien, éste tuvo que exiliarse cuando acabo la guerra, creo que acabó al final en Cuba con Fidel. Cuando falleció el Generalísimo, que el Señor lo tenga en su gloria, ellos apoyaron a los socialistas, malditos rojos, mientras que nosotros estuvimos siempre con don Manuel Fraga. 
El caso es que, con las desgracias que trajeron los Fernández y su “democracia” Santa Jocosa de la Chumbera se quedó vacía. Nadie quería trabajar la tierra, ni cuidar el ganado ni nada. Decían que querían vivir de verdad. Que aquí no había nada para su futuro. Que esto era parte del pasado. Vamos, como si nosotros no hubiéramos tenido una vida. Lo que eran unos golfos que sólo pensaban en divertirse en las discotelas esas, en las drogadina y en las fiestas. Como si aquí no hubiera fiestas. Lo que querían es vivir sin trabajar. Bueno, el caso es que el pueblo se fue quedando sin gente. Los jóvenes se llevaban a sus mayores a la ciudad y aquí sólo nos quedamos el último de los Fernández y el último de los Hernández de Santa Jocosa de la Chumbera.
El otro y yo seguimos con nuestras cosas hasta que ocurrió algo horrible. Ocurrió algo ue cambió totalmente nuestra relación. Verán, lo peor que se te puede hacer un enemigo “histórico”, un enemigo al que has estado enfrentándote tanto tiempo, alguien a quien has estado cultivando tu odio durante toda tu existencia. Vamos, un odio como de la familia. Lo peor que te puede hacer es salvarte la vida.
Estaba arando por el linde de la finca, vigilando que movimientos había por la hacienda del Fernández. Había aparecido en el trayecto que llevaba el tractor un agujero enorme. Como estaba más pendiente de lo que hacía mi vecino que de lo que tenía entre manos el tractor metió la rueda en el hoyo. Volcó el vehículo agrario y me tiró al suelo, pero con tan mala suerte que la pierna izquierda se quedó atrapada entre el suelo y el tractor. No podía moverme de ninguna manera ni tenía forma de pedir ayuda.
El Fernández, que mira por donde, hacía honor a nuestra relación, me estaba vigilando. Al ver lo ocurrido corrió a socorrerme, pese a mis protestas por haber invadido mis tierras. Él me llevó al hospital y allí me curaron.
Ahora tenía un enorme problema. ¿Cómo podía odiar a la persona que me había salvado la vida? Pues lo odiaba, y lo odiaba mucho más que antes. Ahora, además le debía la vida. Esta situación era el colmo de la frustración. No podía atacarle ni hacerle nada por el estilo. ¿Cómo podía hacer que todo fuera como antes? Podía conseguir que estuviera en peligro de muerte y yo rescatarle, así estaríamos igual. Pero eso no sería suficiente, yo siempre sabría que sería real.
Para salir del atolladero decidí que yo debía estar siempre pendiente de él. Para poder actuar como correspondía, salvarle la vida, y una vez salvada, hacérsela imposible. Esto era una mancha en la historia de mi familia. Tantos años de enfrentamiento para que el último de los Hernández de Santa Jocosa de la Chumbera tena que velar por la vida del último de los Fernández.
Así que estaba todo el día detrás del Fernández, por si le pasaba algo peligroso. Pero lo que pasó fue que la Guardia Civil apareció por casa porque, según él, estaba “acosándolo”. ¡Acosándolo! Lo que estaba era velándolo. Antes sí que lo acosaba, pero ahora no. Y así me lo agradecía. Total, que mi objetivo se ponía cada vez más difícil.
Lo único que podía hacer era vigilarlo de lejos, con un telescopio que compré. Hasta que buen día llegó el cartero y le entregó un carta certificada. Al leerla, el Fernández empezó a dar saltos de alegría. Si hasta besó al cartero. Al día siguiente apareció delante de mi puerta. Otra vez se metió en mis tierras sin permiso. Quería decirme que había heredado una finca enorme en Argentina. Que se lea había dejado su abuelo, el rojo, el que se exilió después de la guerra que acabó dando con sus huesos por el hemisferio sur. Y me dijo que se iba. Que estaba harto de tanta tontería de rencores viejos. Que me daba sus tierras. Y que me fuera a la mierda. Me dejó solo en Santa Jocosa de la Chumbera.
Yo ni me despedí. Lo eché a patadas de mis tierras. Pero ahora me resultaba imposible poder cumplir con mi objetivo. Que iba a hacer yo ahora…
He estado en casa encerrado durante varias semanas cavilando. Hasta que ya he encontrado una solución. Se creía el Fernández que se iba a librar de mí tan fácilmente. Tengo un billete de lotería que va a tocar y entonces…. Ja. Ja. Ja. Ja......Seguiré acosándolo. Ja, ja, ja, ja,…Ya lo alcanzaré....Ju.Ju.Ju.Ju....Ya veran ustedes.....Ja.Ja.Ja
Fernando Santana de la Oliva
Agosto de 2013